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lunes, 9 de marzo de 2009

el ateneista, por Miguel Ángel Ortiz Albero


En la sección "Papeles Perdidos, Voces Olvidadas", Miguel Ángel Ortiz nos trajo del recuerdo las páginas de "el ateneista", revista independiente dependiente de ecrevisse. Mejor que cualquies comentario, sus propias palabras.





Ciento cuarenta y seis milímetros por ciento cinco milímetros fueron, a finales del pasado siglo, las medidas exactas y precisas de las aspiraciones literarias de un grupo de jóvenes artistas, de quienes un cierto sector de la crítica no dudó en decir, acertadamente, y para regocijo de los tales artistas, que resucitaban un cierto “espíritu bretoniano, e incluso las poses del dandy y del maldito”, llegando incluso a calificárseles en la prensa de la época como “los fabulosos ecrevisse”, pues ecrevisse era el nombre que, entre el orden y la aventura, habían elegido para sí. Entiéndase que tales calificativos y consideraciones eran referidos a su pública faceta de artistas plásticos y agitadores sociales, cuando lo que realmente pretendían “los fabulosos ecrevisse”, ya desde sus inicios, era regodearse en y desde el ocultamiento de su desconocida labor como poetas.

Nacidos con una indudable conciencia de su más que posible caducidad futura y con una casi deliberada voluntad de desaparición, fue cuando ésta, la desaparición, se hizo voluntaria, con el cese total, o no, de todas sus actividades, cuando se acentuó el “carácter esencial” del grupo, como bien se afirma en la presentación, o “postludio de muerte”, del libro que, bajo el título “L’Ecrevisse écrit”, recoge las andanzas y tropelías artísticas de este grupo de fabulosos seres. La paradoja, sabiamente jugada por el que fue, es y será de por siempre, biógrafo oficial del ecrevisse, el doctor, hoy sí, que no entonces como alguien llegó a decir, Sánchez Oms, la paradoja, digo pues, quiso titular de tal modo a un libro que en absoluto trataba de la obra escrita del grupo, pero sí de toda su producción plástica. Brillante título, que duda cabe, para brillante libro, que dejaba a las claras una deliberada intencionalidad poética más que evidente: el ecrevisse se hacía a sí mismo en la palabra, como analizó Oms con absoluto acierto, y se le hacía, desde fuera de él, también en la palabra. Y aun con todo ese volcarse en la palabra, en adelante, sin embargo, y como continuando una tradición no escrita, valga la gracia, nadie se ocupará jamás del itinerario poético de estos muchachos. Jamás.

Cuando los ecrevisse habían ya colocado un pie en el terreno de las voluntarias desapariciones, moviendo hábilmente las últimas fichas de su juego, un otro sector de la crítica, no entendiendo absolutamente nada, se permitió decir, textualmente, que “de no haber sido por el rigor mortis” que rezumaba su último acto, se hubiera creído, y cito, “que Ecrevisse nos hacía partícipes de uno de sus juegos, quizás el más ingenioso: jugar a ser historia”. Tal afirmación, sin que aquel sector de la crítica lo hubiese deseado, más bien al contrario, daba carta de naturaleza y ratificaba ese juego de la historia, a la que “los fabulosos” acababan de entrar poéticamente y por escrito, quedando fuera del tiempo, según aquel sector crítico, un tiempo que, según el mismo sector, “se les echaba cada vez más encima”. Encima, sí, y fuera de él. Fuera del tiempo, desparecidos. Como si ellos, desde su dandismo, no lo hubiesen sabido desde hacía ya tiempo. Como si no hubiesen jugado ellos desde la asunción de que eso habrá de ser siempre lo que ocurra con casi todos nosotros, como también con ellos: que se nos eche a todos encima el aceptado tiempo de las desapariciones, el de los papeles perdidos y las voces olvidadas.

Fuera como fuese, de entre todo aquel hedor a rigor mortis que, al parecer, se desprendía de aquel último juego que fue la exposición titulada “los años de retratos retardados”, algo habría de quedar en adelante para el olvido poético. Algo que, si empezó siendo silencio, como los fabulosos afirmaron en numerosas ocasiones, como tal se mantuvo hasta su desaparición, o no. Como silencio, como un bello silencio de ciento cuarenta y seis por ciento cinco milímetros, impreso en blanco y negro, sobre papel pobre y variable que iba del azulado al gris según los días, sin una sola imagen o con alguna accidental o incidental, cargado de erratas torpes o deliberadas, en ejemplares de entre veintiuna y cuarenta y cinco páginas, cien y sólo cien ejemplares por número, con fecha y sin fecha, con precio y sin precio, con todo y con nada, pero con todos los poemas de una época que ellos se dedicaron a sí mismos. Porque así eran ellos de fabulosos para consigo.

“El Ateneísta”, aquella mezcla de erisio y marista que tanto había subyugado años atrás al sin par Pepín Bello, paradigma del silencio creador, subyugó también a ese ecrevisse ávido de romper el suyo. Y así, del mismo modo en que el Bello Pepín rompió su silencio declinando aquel célebre poema, así decidieron ecrevisse declinarlo también para bautizar como “El Ateneísta” al que habría de ser su órgano de expresión literaria durante su final de siglo. El ateneísta, el ateneistae, el aiteneistaie, el aiteineistaie, nacía así como cadáver exquisito de exquisitez cadavérica, pleno de vida y con rubor y ardor del vino de las celebraciones en sus mejillas.

Pepín Bello, Luis Buñuel, Benjamín Peret, Leonora Carrington, Guillaume Apollinaire, Joan Brossa, Remedios Varo, Marcel Duchamp, Alfred Jarry, Boris Vian y Raymond Queneau, habrían de darse la mano, desde las portadas de los fabulosos doce números de “El Atenísta”, con los mismísimos Antuan Duanel, M. Glassé, Charles Delaire, Pierre d. La y Michel A. Zone, a la sazón “los fabulosos ecrevisse”. Pero con ellos y no sólo con ellos, pues las puertas de aquel ateneo imaginario se abrieron a otros poetas del fin de siglo como Javier Castanera, Luis Carlos Marco Bruna, Sergio Algora, el Doctor Bungalou Lumbago a Tres Bandas, Antonio Fernández Molina, Ángel Guinda, Eduardo Abadía, Pedro Pablo Azpeitia y tantos y tantos otros que habrían de formar parte de las filas de estos papeles que habrían de quedar, en adelante para el olvido.

Habréis de permitir finalmente, queridos oyentes, que aquel tan público y pregonado secreto que desde siempre rodeó a “El Ateneísta” siga haciéndolo hoy. Habréis de entender la deliberada voluntad de olvido, o no, con que nació. Habréis de saber que si tan sólo eran cien los ejemplares de cada número, sólo cien veces podía desaparecer, y que una de ellas lo hizo en París, sabedlo, donde se halló perdido un fabuloso ejemplar en alguna no menos fabulosa librería de tintes surreales. Habréis de permitirme no decir mucho más, tan sólo recomendaros que busquéis ateneístas allí donde podáis, si es que podéis. Y para ello, tan sólo os recordaré desde las propias entrañas del ateneísta que, como dijo Pierre d. La,

“queriendo no conocer, se estremecen las tuercas de tu demonio [...]
partiendo hacia la oscura belleza, encontrarás la existencia de la razón descontrolada virulenta mágica lógica”,

como así, mágico y lógico se hace ecrevisse que, en palabras de Charles Delaire,

“Al menos podría ser gavilán de mis mucosas, árido salvaje de climas y extrañezas. Sangre en todas las letras. Tigres en todos los céspedes. Desmañadamente insaciado. (O al menos podría ser)”,

algo confirmado por Antuán Duanel, cuando dice,

“Lamentando contradecir al acerbo popular, debo recordar que un ahogado no es un muerto por inmersión, es un ser aparte”,

un ser aparte siempre, y aún más en ese instante final en el que, como narra M. Glassé,

“Alzó la mirada y vio. Era la luna que se acercaba a recoger su vestido de flores de varadio. El hombre, avergonzado de su propia velocidad, se arrancó las piernas y dejó que huyeran a un refugio nevado en las montañas de azúcar y pan de molde”,

para así poder decir tan sólo, desde los olvidos y las desapariciones, como dice siempre Michel A. Zone, parafraseando a su admirado Guillaume,

“Adiós adiós
sol cuello cortado”.

1 comentario:

Anónimo dijo...

mira es un puntillo y un uuuggggggggg

 
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